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Gente de campo

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He tenido, a lo largo de mi vida, la oportunidad de tratar y convivir con gente del campo, labradores, campesinos, agricultores que se dice ahora. De adolescente, primero, cuando me tocó segar a guadaña, arar con bueyes, y ordeñar a mano las vacas del caserío de Fuenterrabía donde acudía, veraneante yo, a echar una mano a cambio de un bocata, una botella de sidra y los ojos azules de Maritxu, la hija del baserritarra. He clavado a mano cañas para las judías, recogido alfalfa y sacado a abrevar las vacas de Etayo en mi Puente la Reina navarra, por unos cuartos que venían genial para las fiestas del pueblo. Y he tratado con cooperativistas, industriales agrícolas, ganaderos, olivareros y organizaciones agrarias en los seis años que estuve a las órdenes de tres ministros en el madrileño Palacio de Fomento, sede del Ministerio de Agricultura. Lo digo porque cuando, estos días, veo a la gente del campo sacar de nuevo sus tractores a la calle, protestar por la insultante diferencia...

Más que agua de regadío

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La riada llegó a Madrid y desbordó los márgenes del Paseo del Prado, entre Cibeles y la Plaza de Carlos V, ante el Palacio de Fomento, sede del Ministerio de Agricultura y varias cosas más. Y tampoco aquí llevaba agua sino, más bien, lamento por su falta, el lamento que anega la huerta de Europa, en el sureste español. Los que vivimos en Madrid sobrellevamos con resignación ser el manifestódromo del país, así que el forzoso desvío por los estrechos laterales de la vía más importante de la capital apenas oyó otros pitidos que los de los manifestantes. Y a uno, que vive todavía el tema del agua como propio, murciano de adopción al cabo, hasta le hacía cierta ilusión ver los rostros bronceados bajo las gorras de las asociaciones de regantes y de algunas empresas agrícolas que habían desembocado a su personal en la Villa y Corte. Porque no todos los rostros bronceados que pasaban ante la estatua de Velázquez eran de potentados terratenientes curtidos al sol. Había much...